Recojo un fragmento de una noticia publicada el pasado 8 de enero de este año a raíz del Borrador del nuevo decreto para regular la convivencia que se integra en el Plan de lucha contra el Acoso en el Ámbito Educativo elaborado desde la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid.

El texto aparecido en medios de comunicación, concretamente en el diario El mundo, dice así:

Los centros educativos de Madrid tendrán que «informar a la Fiscalía o al organismo correspondiente en función de la gravedad de los hechos» si los profesores incumplen con su «deber de poner en conocimiento del equipo directivo» situaciones que «presenten indicios de violencia infantil, juvenil o de género contra niños y niñas o mujeres». Esta exigencia de denuncia interna se hará extensible también al personal de administración y servicios de las instalaciones, desde empleados del comedor a trabajadores de la limpieza, en aplicación de la normativa estatal en vigor, como las leyes de protección al menor. Asimismo, los alumnos que no den cuenta de episodios de «acoso o que puedan poner en riesgo la integridad física o moral de otros miembros de la comunidad educativa» cuando sea posible hacerlo «sin riesgo propio ni de terceros» estarán incurriendo en una falta grave.

Dos días después,  el 10 de enero,  la prensa se hacía eco del arresto por parte de la Policía Nacional de 15 alumnos menores de edad de un instituto de Usera que llevaban acosando a 2 hermanos (que habían llegado incluso a dejar de ir a clase) durante meses y a los que habían ido a buscar a su propio domicilio para continuar con el acoso. No voy a centrarme en definir qué es y que no es el bullying ni a enmarcarlo en términos numéricos o de alcance. Voy a centrarme en este artículo en algo que parece fundamental: poner el foco de la intervención en protocolos post-acoso es evidenciar que hemos llegado ya tarde.

La importancia de la prevención en la lucha contra el acoso escolar

La mayor parte de las herramientas que se proporcionan a docentes, directores de colegios e institutos y a la comunidad educativa en general, suelen venir desde la constatación de que hay que intervenir cuando el acoso se ha producido… y no desde las herramientas de prevención, sensibilización y gestión de las emociones y las conductas previas que pueden degenerar, en un futuro, en situaciones de bullying o ciberbullying. Los protocolos, las prácticas restaurativas o las obligaciones legales han sido los principales enfoques que se han dado para dar respuesta a esta problemática que hoy en día aparece como uno de los principales retos a los que tenemos que hacer frente en la educación de nuestros hijos e hijas. Y, aunque siempre será necesario contar con un protocolo que garantice una correcta intervención cuando el problema aparece, la pregunta que se nos genera es: ¿Por qué aparece? ¿Qué tendríamos que haber hecho antes?

Parece obvio que la formación y la sensibilización hacia ese problema debería estar incorporada en el curriculum académico desde mucho antes. Si el pico del acoso se sitúa en la frontera de los 11 años (6º de primaria) según los datos de la Fundación ANAR (www.anar.org), ¿no deberíamos trabajar con este problema en los años anteriores para que, llegado el momento, todos los actores implicados tuvieran más herramientas (tanto emocionales como de gestión) para poder detectar y detener a tiempo estas situaciones?

La importancia de transmitir valores como medida preventiva frente al acoso escolar

Cuando hay un gran poso de valores de respeto, integración de las diferencias, gestión del conflicto o, incluso con una mirada más prosaica, formación en comunicación para poder expresar de forma correcta lo que está sucediendo en el entorno escolar por parte de los alumnos, es mucho más fácil poder mantener una mirada holística, completa, sobre el bullying. Esa formación debería hundir sus raíces en una cultura de la paz y del amor más que en una búsqueda de soluciones legales sobre la intervención cuando ya ha ocurrido el abuso.

Sí, soy consciente. Sé que contraponer palabras como amor, paz, solidaridad, integración enfrente de protocolos, plan de intervención y normativa puede sonar muy naif. Es lo que tiene llevar más de 25 años de experiencia formativa con adultos y niños y comprobar cómo las carencias se base de convierten en deficiencias estructurales mucho más tarde.

Desde Educacció (www.educaccio.org) asesoramos y desarrollamos conjuntamente con cada centro educativo, el protocolo de convivencia necesario y adaptado a su identidad. Hemos diseñado un programa propio de intervención con esa mirada holística y completa: MOLA (Moderación Observable de los Límites de la Agresividad) donde creemos que el fomento de unos determinados valores en la convivencia ayudará a toda la comunidad educativa a saber cómo prevenir, sensibilizarnos, concienciarnos y, llegado el caso, saber gestionar e intervenir:

  • A los padres y madres: enseñando qué es y qué no es el bullying. Proporcionando un entorno de información. Mostrando cómo ellos son parte esencial cuando están alineados con la cultura educativa del centro y no promueven conductas que faciliten ciertos comportamientos contrarios. No es la primera vez que en una conferencia recibo frases como: “Yo le digo a mi hijo que, si le pegan, él también”, o “Yo le digo que no se meta en problemas; si ve una pelea, que se aparte y no se meta en nada”.  Cada familia es libre de elegir los valores sobre los que formar a sus hijos… siempre y cuando esas elecciones respeten la cultura y normas de convivencia que todos compartimos en el entorno común. ¿Cómo vamos a potenciar una cultura de paz si algunos grupos de WhatsApps de padres y madres son los primeros en tener comentarios abiertamente agresivos contra algunos profesores y alumnos?
  • Al personal docente. Se buscan profesores expertos en gestión de las emociones, decía un titular hace muy poco. Obvio. Si profesores, directores, monitores (no nos olvidemos de ellos; no tienen la autoridad “legal” de los profesores pero es en su ámbito de actuación: el comedor, el patio, las actividades lúdicas… donde más frecuentemente suceden los casos de agresión) no cuentan con las herramientas necesarias para fomentar esos valores de compañerismo, trabajo en equipo, solidaridad, gestión del conflicto, ¿cómo vamos luego a exigirles que sepan lidiar de forma empoderada con esa situación?
  • Los propios alumnos. Trabajar desde muy pronto fomentando valores como la integración, el respeto, la solidaridad, el acompañamiento. Dando herramientas para que sepamos intervenir desde el principio de cualquier situación. No toda conducta agresiva es bullying, ciertamente. Pero toda situación de bullying comenzó con una conducta agresiva. Por tanto, ¿no sería lógico centrarnos en fomentar desde la primaria cómo aprender a gestionar sus emociones y sentimientos frente a los demás?
  • La sociedad en general. Tenemos que formar profesores y monitores expertos. Concienciar mucho más y no permitir estereotipos que dañan desde la raíz permitiendo micro-agresiones que, a la larga, pueden desencadenar sucesos mucho más trágicos. Ni son cosas de niños, ni curten el carácter, ni porque haya sido así siempre se tienen que permitir.

Los 4 tipos de observadores en una situación de acoso

Me gustaría acabar con el ejemplo del inicio. Los compañeros que, si se acepta y contempla ese borrador, deberán ser quienes trasmitan lo que está sucediendo para evitar un castigo. ¿Así? ¿Sin más? ¿Sin formación? ¿Sin herramientas de comunicación? ¿Convirtiéndose en chivatos?

Existe un cierto consenso en identificar 4 tipo de observadores en una situación de acoso (aparte de los agresores y las víctimas):

  • Los asistentes: alumnos que “ayudan” al acosador aunque no hayan sido ellos quienes comenzaran. El peligro principal es que se conviertan ellos mismos en acosadores en corto plazo o que refuercen de tal manera a los primeros que aumenten el grado y violencia del acoso. La noticia del arresto de los 15 alumnos del instituto con la que comenzábamos este artículo hace referencia, muy probablemente, a este colectivo.
  • Los reforzadores: jalean, comentan positivamente, muestran en redes sociales, dan feedback positivo y de refuerzo a los actos del acosador. Ellos facilitan, a menudo, la imagen positiva del acosador o la negativa de la víctima. Son quienes más ayudan a distribuir por redes sociales las imágenes y frases fomentando el ciberbullying. Corren el riesgo de convertirse en asistentes.
  • Los externos pasivos: no se inmiscuyen. Huyen de la situación. Recogen esa frase que hemos comentado antes de algunos padres: “no te metas en líos”. En la mayor parte de los casos llegan a racionalizar lo sucedido teorizando sobre qué ha hecho la víctima para merecer ese trato.
  • Los defensores: toman partido por la víctima. Los apoyan y consuelan. A menudo después de lo acontecido. Sólo pocas veces antes o durante el acoso. Son quienes se atreven a ponerlo en comunicación a profesores y padres.

Probablemente estaremos de acuerdo que queremos fomentar mucho más defensores dentro del entorno escolar. Pero, ¿realmente lo estamos haciendo? ¿Estamos dándoles herramientas para que sepan intervenir en el proceso? Porque, si lo que les pedimos es que simplemente se conviertan en chivatos y, si no lo hacen, recibirán un castigo, ¿no incrementarán el grueso de los externos pasivos y, sencillamente, se irán para no contemplar? O, dado que van a recibir un castigo igual, ¿no sale más rentable ser un reforzador y “quedar bien” con el agresor?

No se puede pedir, exigir o demandar lo mismo a un asistentes (que ha ayudado), a un reforzador (que ha jaleado), a un externo pasivo (que se ha autoexcluido de la situación) o a un defensor (que puede haber ayudado al agredido aunque no lo haya transmitido al profesor). Deberíamos saber tratar a este colectivo no como una entidad única sino como lo que son, diversos actores con protagonismo muy diferente entre ellos. Ahí, como en tantos otros casos, la formación es la clave.

Pensémos bien. O intervenimos antes con una sólida formación en cultura y valores de la paz, o intervenimos después con reglas, protocolos y aspectos legales. No estoy diciendo que no existan. Tienen que estar muy bien definidos y ser coherentes en su constitución.

Lo que estoy diciendo, en palabras de Ghandi es:

Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras

Cuida tus palabras, porque se convertirán en tus actos

Cuida tus actos, porque se convertirán en tus hábitos

Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino

Y el destino de esta generación está en nuestras manos.

 

Publicado por: David Cuadrado

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