“Por las mañanas, su cuerpo se despierta mucho más temprano que ella. La boca se le abre ante el cepillo de dientes. Las manos le hacen la cama. Las piernas la llevan hasta el instituto… A veces se queda de pie en medio de la calle, preguntándose si no es sábado. Planteándose si de verdad tiene que ir al instituto. Pero es curioso, sus piernas siempre tienen razón. Llega al aula correcta el día correcto a la hora correcta. Su cuerpo se las apaña bien sin ella.”.

Asa Larsson, Aurora boreal

 

Offshore, término inglés que literalmente significa <<en el mar, alejado de la costa>>. En el mundo infantil, se han puesto “de moda” categorías pseudocientíficas que, de alguna manera, pueden provocar una homogeneización de ciertos niños/adolescentes que son identificados tras una etiqueta de autista, TDAH (Trastorno por Déficit de Atención), o TC (Trastorno de Conducta), entre muchas otras. De esta manera, el sujeto quedaría oculto tras estas letras, pudiendo perder así la singularidad de sus conflictos, aportar el discurso prêt-à-porter (igual para todos) y marcar una barrera con el resto de la sociedad. El acoso escolar (bullying en inglés) podría ser una de esas etiquetas, aunque más silenciosa y que conlleva un gran sufrimiento. Al que ahora se suma el ciberacoso. Según McDougall, es sin duda la manifestación de la violencia escolar más importante tanto por el número de episodios registrados como por las consecuencias que implica. Los expertos cifran en un 16% la situación de casos de acoso que no se conocen. Entre ellos, el 95% de los casos graves, terminan en suicidio o cuadros graves de depresión.

Para hablar de bullying tienen que converger 3 factores: intencionalidad clara por parte del agresor hacia la víctima, continuidad en el tiempo (el acoso va más allá de una agresión puntual) y que exista un desequilibrio en la relación, patrón de dominio-sumisión. La ley del silencio por parte de compañeros y la invisibilidad ante los ojos de padres y docentes son la causa de la perpetuación de las agresiones escolares. El acoso surge en la primaria, continúa en la secundaria y empieza a “caer” hacia los 16 años. Los primeros episodios (golpes, empujones, insultos…) aparecen en 3º de primaria, donde a veces son normalizados bajo la “falsa creencia” de que son cosas de la edad. En 5º y 6º, estos episodios pueden eclosionar o empeorar, volviéndose más graves y, por tanto, más visibles. Detallar los efectos del acoso escolar sobre los sujetos implicados es una tarea compleja, ya que la capacidad de elaborar e integrar las experiencias vividas en la realidad psíquica de cada uno varía enormemente y las consecuencias que de ellas se derivan también. Aun así, la fenomenología, constatada en centros educativos y en la práctica clínica muestra algunos de los síntomas físicos y psicológicos que se padecen: dolores de cabeza, estómago y espalda, malhumor, ansiedad, tristeza, impotencia e irritabilidad.

¿Es el bullying una falsa salida para los adolescentes? El bullying puede ser explicado a través de la “delicada transición” que experimentan los adolescentes en el paso de la pubertad a la juventud, en la cual algunos sujetos actúan de agresores usando de chivo expiatorio a la víctima como proyección de una fase de incertidumbre, confusión y construcción de la propia identidad. Cuestión que plantea la necesidad de programas de prevención y apoyo para esta comunidad educativa en la que entran tanto alumnos y docentes como familias y sociedad.